En Colombia, hablar de minería y energía suele llevar el debate a los extremos. Para algunos, defender el sector extractivo es ir contra el futuro; para otros, cuestionarlo es querer llevar al país por el camino de Venezuela. La realidad es menos ideológica y más económica: Colombia es un país minero-energético equilibrado, y entenderlo cambia por completo la conversación.
Un país con un modelo económico mixto
De acuerdo con cifras oficiales del DANE y el Ministerio de Minas y Energía, el sector minero aporta entre el 7 % y el 10 % del PIB y representa cerca del 30% de las exportaciones. No es toda la economía, pero sí una base clave para los ingresos del Estado, la llegada de divisas y la estabilidad macroeconómica.
Al mismo tiempo, Colombia no vive solo de la minería. El agro, los servicios, el comercio y la industria también hacen parte del engranaje productivo. Ese mix económico es precisamente lo que diferencia al país de economías que dependen casi por completo de un solo recurso.
La minería legal importa
La minería legal suele discutirse desde las grandes ciudades, pero su impacto real se siente en las regiones. En departamentos como Cesar, La Guajira, Antioquia, Meta o Santander, esta actividad es uno de los principales motores de empleo formal y desarrollo local. Según cifras del Ministerio de Trabajo y del sector, la minería y la energía generan alrededor de 350.000 empleos directos y más de un millón de empleos indirectos e inducidos, con salarios y condiciones laborales superiores al promedio nacional.
Además, las regalías permiten financiar vías, hospitales, colegios y proyectos productivos en territorios históricamente rezagados. Un punto que suele pasarse por alto es que debilitar la minería legal no elimina la minería ilegal. Por el contrario, reduce la presencia del Estado y abre espacio a economías informales y criminales que no cumplen estándares ambientales ni sociales.
Mirar la región ayuda a entender el reto
La comparación regional es clave para bajar el debate a la realidad. Chile apostó durante décadas por la minería con reglas claras, estabilidad jurídica y disciplina fiscal. Esa renta permitió financiar el desarrollo social y avanzar con mayor solidez en su transición energética.
Brasil ofrece otro ejemplo relevante: un país que combina minería, petróleo, agricultura, industria y servicios sin renunciar a ninguno. Brasil entendió que diversificar no es apagar sectores, sino hacerlos convivir y fortalecerse entre sí. El contraste con Venezuela es evidente. Allí, la economía se concentró casi por completo en el petróleo, se debilitó la institucionalidad y se perdió la capacidad de diversificación. Colombia nunca ha querido recorrer ese camino.
Menos consignas, más equilibrio
Colombia es un país con un modelo económico mixto, donde minería, agro, industria y servicios pueden y deben convivir en equilibrio. El desarrollo no pasa por eliminar sectores, sino por articularlos inteligentemente para construir un futuro más estable y sostenible.
La minería legal, bien hecha, no es el problema. Puede ser una de las herramientas que permita financiar la transición y sostener el crecimiento mientras se consolidan nuevas alternativas productivas.


